En los socavones de Potosí, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, todavía cuelgan pequeñas figuras rojas con cuernos y colmillos. Tienen una botella de alcohol en las manos y hojas de coca en los pies. Se le llama el Tío, y para los mineros bolivianos es el dueño de las vetas. Él decide qué se revela y qué permanece oculto. Él protege — o castiga.
Durante siglos, la leyenda fue inseparable de la geografía económica. Cada faena andina, desde Bolivia hasta el noroeste argentino, tuvo su altar. Y en todos ellos, la regla era la misma: ninguna mujer podía entrar al socavón. Se decía que la Pachamama, la Madre Tierra, se pondría celosa. Se decía que traería mala suerte. Se decía que las vetas se cerrarían.
El mito no era un adorno cultural. Era una barrera laboral.
Lo que no se decía — pero funcionaba igual — es que la prohibición ritual se alineaba de manera casi perfecta con la prohibición legal. En Chile, el Artículo 15 del Código del Trabajo codificó lo que el Tío ya custodiaba: ni faenas subterráneas, ni labores pesadas, ni condiciones que pudieran ser "peligrosas para la moral de su sexo". El mito, en otras palabras, precedió y sobrevivió al texto legal.
Cuando la diputada del ramal obrero propuso derogar el artículo en los años ochenta, las respuestas no apelaron a la economía ni a la seguridad. Apelaron a la tradición. Y la tradición, cuando se la mira de cerca, casi siempre resulta ser otra cosa…
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